sábado, 1 de diciembre de 2012

DIARIO 16 RECUERDA A JULIO POLAR

¡Adiós, Julito Polar!

Por: Cecilia Podest / Diario 16

Julio Polar (1945-2012)
La barra y las mesas detrás de él, cubiertas por sus acostumbrados manteles percudidos de cuadros rojos y blancos delatan el lugar. Pronto su tono de voz y la manera en la que marca los ojos o la frente después de cada frase lo delatan a él. Es Julio Polar dando una entrevista a Alberto Escalante en el Superva, en enero de 2008, solo poco después de que Juan Ramírez Ruiz, gran amigo suyo y con quien fundó el movimiento literario Hora Zero, desapareciera. (Video en internet) 

En esta charla es imposible dejar de hablar de un poema en especial, uno con nombre propio que pertenece  a “Un par de vueltas por la realidad”, primer libro de Ramírez Ruiz publicado en 1971, y en el que retrató para siempre a un hombre calcinado por sus pasiones y las noches de Lima, un transeúnte más en medio de La Colmena, pero que a diferencia de todos los demás en el mundo, podía  arañar la tosquedad de las avenidas sucias y cada vez más hirientes, con las uñas, con la rabia, con la carcajada y el llanto,  buscando sus propios ojos, sus piernas, sus brazos, incluso a una mujer llamada Ivón, como rascándose la vida o dentro de un morral lleno de papeles o poemas arrugados.

“Pero fue allí cuando amó, así, de golpe/ a Ivón/ y daba sus paseos por la playa del Callao, por la Costanera/ asegurando, prometiendo, defendiéndose, y mientras las telarañas envolvían al mundo,  decidió ponerse afuera y vigilar”. Dice el poema de Ramírez Ruiz.

Ese personaje tosco que tocaba el amor de las maneras más dolorosas en uno de los poemas más tristes y bellos de Juan Ramírez Ruiz, era Julio Polar, poeta, caricaturista, amigo e incendiario maravilloso, además de corrector de este diario, y confesor de todos los redactores. “Conozco a Julio Polar/De la mañana a la noche de Lima, en una calle (.…) ÉL, que era puntual a la gran unidad donde comenzó a escribir, poemas que amaba y guardaba en un cajón despintado, pero después cajón y papeles fueron quemados por su madre, (¡sin saberlo!) y él que lo sabía decía con el llanto sobre la mesa una noche de los mil demonios en un café de la Colmena a 500 metros de su casa” dicen los versos del poema, quizá nombrando poco a poco “Algo para alguien, libro de catorce poemas y ocho cuentos próximo a editarse”, libro que quedó para siempre inédito, quemado por su madre y recordado con amargura, con dolor, con la frustración de los amores destruidos y traspapelados.  

“Soy yo. Sí, todo lo que dice ahí es cierto. Juan puso comas, puntos, un poco de su propia desesperación, pero no hizo más que copiar lo que yo era en esos días, todo es cierto… ah la Colmena, la unidad vecinal, mi madre y mi hermana, San Marcos, la poesía de Ungaretti, ¡tienes que amar a Ungaretti! Juan lo puso todo, ¿sabes? el hospital, los médicos, mis poemas perdidos, Led Zeppelin y Palermo…” Esa fue su respuesta cuando lo descubrí en su oficina corrigiendo textos y le pregunté, ¿eres Julio Polar, el personaje de Ramírez Ruiz?

Una operación, el corazón, su voz en el teléfono tan distinta a la que usaba para gritar en contra de lo que sea que le molestara. Julio Polar ha muerto junto a lo intangible de sus poemas inéditos, a sus novelas inconclusas, a sus cuentos quemados, pero sobre todo junto a su recuerdo más dulce. La última vez que conversamos me dijo “…me voy con ella, con Fabiola, que mueve las cosas en mi casa, que me dejó hace tantos años, Fabiolita, que murió tan jovencita y me deja papeles con mensajes... Era tan bella. Así la recuerdo y así la voy a encontrar, no se preocupen por mí, que ella me está esperando y con ella me voy a quedar cuando me muera”. Y con ella sabemos que estás, Julito, hasta siempre.  

EL DATO
Julio Polar publicó sus únicos poemas en Palabras Urgentes, el primer Manifiesto de Hora Zero, sin volver a publicar nada más.  Fue maestro propulsor de la historieta peruana y editor de la revista de historieta "BUUUM", publicó en diferentes diarios de Lima 
(Publicado en Diario 16 / sábado 1 de diciembre del 2012)

Julito Polar, un metro y medio de pura ternura

Por: Sengo Pérez

Más que de un amigo, escribo de una enorme persona que por divina o terrenal casualidad, quise y me quiso, es decir, fue mi amigo, pero esto es secundario; era amigo de muchos. Imposible era no quererlo.

Acevedo, ¿?, Julio, Polar
Se abrigaba a más no poder  y con su barba y pelo largo en un cuerpo de metro y medio parecía una mezcla de duende y Papá Noel con ropaje humilde, asomaba la sonrisa por la puerta del boliche y ahí siempre lo esperaba una copita de pisco para combatir al frío inexistente. “Es que hace frío”, decía.  “Sí, un frío polar, solo tuyo”, respondía yo, y le explotaba la risa.

Incorruptible, indomable, inconformista y hasta deliciosamente insoportable a veces. Discutir por bobadas para después reconciliarnos, nos hacía disfrutar inmensamente del abrazo que sellaba el rencuentro. Es que nada era banal en él y estar incomunicados era perderse de aprender algo.

Queda en el aire la idea de llevarlo a vivir al rancho que sueño construir mirando el Atlántico en algún lugar de Rocha, en Uruguay. Lo entusiasmaba la idea de aislarse de un mundo que no pudo cambiar. Allá quería estar, lejos de la gente y las malas noticias, para sufrir menos y  estar más cerca del Pepe Mujica, a quien admiraba. Hacer ese rancho ahora se convierte en una promesa impostergable y sé que su cara en papel fotográfico engalanará alguna de las paredes para recordarme el inmenso honor de haberlo conocido.

 Este Duende –Papá Noel nunca llegaba con regalos, el era un regalo

Fue un privilegio haberte conocido


“Una señora me acaba de decir que deje todo en manos de Dios. Ni loco hago eso porque ese huevón la para cagando”. Con ese extraordinario comentario me recibió Julito el último jueves en la habitación 420 del Incor.

Ya no tenía barba, tenía poco pelo, estaba muy delgado, estaba cansado, pero era él, y lo único que yo quería era reírme a carcajadas como lo hacíamos siempre en el periódico. Y lo hicimos. A pesar de que a él le costaba reírse por la gravedad de su enfermedad, nos dimos el gusto.

Nos reímos de todo. De la vida, de la muerte, del periodismo, de los periodistas, de él, de mí, de la religión, de Dios, de los políticos, del dinero, de la soledad, de las personas que nos rodean.

Y así como nos reímos también nos indignamos. Porque nuestra amistad, desde que lo conocí hace un año y medio, era eso: compartir risas e indignación.

Julio en celebración del primer año de Diario 16

Quijano, Chermán, Polar y Amadeo Gonzáles
A sus 67 años todavía le jodían los corruptos, los periodistas mermeleros (se enorgullecía que en diario16 no los hubiera); despreciaba este sistema que premia la deshonestidad y castiga a los honestos. Y él era honesto. Era decente, tenía principios. Y eso no se encuentra así nomás. Julito era rebelde, contestatario y libre. Desprendido, amoroso, inteligente, con un espectacular sentido del humor. Julito era lo que yo quiero ser.

Echado en su cama del Incor, le entregué una breve carta donde le decía que lo respetaba por todo lo anterior. La leyó conmigo y me agradeció. Pero me agradeció porque la carta le causó risa. Porque además de decirle lo que pensaba de él, también quería hacerlo reír como él lo hizo conmigo desde que lo conocí.

Antes de que lo lleven a la sala de operaciones le dije: “Julito, quiero una foto contigo”. Lo abracé y nos tomamos dos. Lo que no le dije fue que quería esa foto con él para no olvidarme nunca de quién soy. Y también para tener presente cada vez que vea esa foto que el periodismo es decencia, que el periodismo es defender las causas justas y no arrodillarse ante el poder. Eso me enseñó Julito, el gran Julito.  
  
DIEGO HERNÁNDEZ

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